Pensó que quería ser ingeniero químico, pero se equivocó. Las estructuras de los aminoácidos que estudiaba su compañero de cuarto en la universidad le fascinaron y le llevaron a la bioquímica, la genética y la investigación. Después, pasó por lugares como el laboratorio Cold Spring Harbor o el MIT de Massachusetts, y desde hace unos años dirige de Nueva York, uno de los centros oncológicos más prestigiosos del mundo, donde estudia procesos relacionados con el cáncer y el envejecimiento y lidera el programa de biología y genética.
Ganador de numerosos premios de investigación y miembro de las Academias Nacionales de Ciencias y de Medicina de los Estados Unidos, Scott Lowe estuvo recientemente en España con motivo del (IRB Barcelona), donde EL PAÍS habló con él sobre avances y problemas de la investigación del cáncer, de terapias para frenar el envejecimiento o de cómo ve el estado de la ciencia en España y bajo el gobierno de Donald Trump.
Pregunta. Usted fue uno de los primeros en descubrir el papel del gen p53, que aparece mutado en aproximadamente de los tumores en pacientes y al que se conoce con un nombre un tanto grandilocuente: “el guardián del genoma”. ¿Qué hace? ¿Es tan importante como para merecer ese sobrenombre?
Respuesta. Sí, creo que lo merece. Básicamente, funciona como una señal de alerta: cuando detecta que hay un problema en la célula, como un daño en el ADN que puede ser peligroso, responde haciendo que sea eliminada o que deje de dividirse para así disminuir el riesgo de cáncer. En este último caso, las células quedan dañadas pero no mueren, pueden permanecer como si estuvieran flotando y se las conoce como células zombi o senescentes. Su biología es algo realmente fascinante. Todavía no conocemos completamente el funcionamiento de p53, aunque estudiándolo, pero sí sabemos que, cuando no funciona bien, el genoma de la célula se vuelve muy inestable y caótico y provoca tumores difíciles de tratar.
P. Llama la atención que, siendo tan importante y central, no haya tratamientos aprobados que tengan que ver con p53. Recientemente han aparecido algunos resultados positivos en un donde trataban varios tipos de tumores, pero no parecen espectaculares.
R. La cuestión es que muchos de los fármacos que utilizamos inhiben la acción de proteínas que están funcionando en exceso. Sin embargo, el problema con p53 es que se pierde su función, y reponer algo con un fármaco es mucho más difícil de hacer. Es verdad que el ensayo [que incluía enfermos con una mutación concreta de entre varias posibles] no obtuvo grandes resultados, pero las pruebas empiezan siempre en pacientes en fases avanzadas y que ya han sido tratados con anterioridad, cuando probablemente ya es demasiado tarde. Yo estoy en el consejo asesor de la compañía que desarrolla el fármaco, así que tengo conflictos de interés, pero probablemente, si acaba aprobándose y se puede tratar a pacientes en fases más precoces, funcione mejor. Es un asunto que surge muchas veces, que quizás por el diseño de los ensayos, haya fármacos útiles que no llegan a aprobarse. Pero éticamente es difícil de aceptar que empiecen a administrarse antes.
P. Decía que cuando p53 recibe una señal de que algo no va bien, hace que la célula muera o que quede como una célula zombi. Al parecer, estas sirven de protección inmediata frente a los tumores, pero a la vez se acumulan con el tiempo y provocan envejecimiento y aumentan el riesgo futuro de cáncer. ¿Es así?
R. Sí, aunque se necesita más investigación para definir exactamente su papel. Suele suponer un problema para la gente, e incluso en la comunidad científica, cuando dices que algo es bueno y malo al mismo tiempo. Suena como si no supieras de qué estás hablando. En realidad, se conocen desde los años sesenta, cuando Leonard Hayflick observó que las células tumorales pueden dividirse sin fin, pero que las células normales llega un momento en que se detienen. Algunos pensaron que ese proceso protegía frente al cáncer, y otros que en realidad eran un reloj. Ahora parece que ambas posturas tenían razón.
Lo que parece claro, y lo que ha despertado mucho entusiasmo como una opción de tratamiento, es que con la edad se produce más cantidad de estas células y a las defensas les cuesta eliminarlas, por lo que se van acumulando y provocan inflamación y daños crónicos. Cuando se eliminan estas células en ratones, mejoran de muchas enfermedades y viven más tiempo, por eso hay mucho interés en desarrollar fármacos que lo hagan.
P. Los fármacos senolíticos. Hace mucho tiempo que se habla de ellos, pero no hay ninguno aprobado. ¿Por qué?
R. No, no hay ninguno aprobado, a pesar de que ha habido mucho hype, y eso puede perjudicar a la confianza en la ciencia. Mi opinión es que hemos identificado bastantes senolíticos, pero en realidad no sabemos exactamente cómo funcionan y, además, algunos de ellos pueden ser tóxicos, algo importante porque las personas a las que estarían dirigidos serían normalmente frágiles. Necesitamos ciencia rigurosa, porque tampoco queremos eliminar los aspectos positivos que tienen estas células.
Yo era muy escéptico hasta que comencé a verlo en mi propio laboratorio. , una estudiante española que estaba en mi laboratorio, desarrolló unos linfocitos T mediante ingeniería genética para dirigirlos contra las células senescentes. Hasta entonces, estas células [llamadas CAR-T] solo se habían usado contra el cáncer, pero fue bastante chocante, parecía hasta un poco mágico. En cualquier caso, necesitamos profundizar más. El mensaje ahora mismo es que puede haber una biología realmente poderosa relacionada con estos mecanismos, pero por el momento no sabemos lo suficiente como para hacerla funcionar.
P. Usted ha investigado también sobre el cáncer de páncreas en ratones. Por ejemplo, que muchas veces no basta con que aparezcan mutaciones para que se desarrolle, que tiene que dañarse también. Y ha probado que parecen funcionar bien en el laboratorio. ¿Cómo cree que deberían comunicarse este tipo de resultados a la gente?
Sobre el asunto de la comunicación de resultados en ratones: es un gran problema que he visto muchas veces, porque tanto el investigador como el periodista pueden querer que la gente se interese por el estudio. El reto es transmitir al público lo interesante de ese avance y ese proceso de descubrimiento, y al mismo tiempo la incertidumbre y lo que no sabemos. Hay que hacer que no sea aburrido, pero no se puede decir que vaya a cambiar sus vidas inmediatamente. Es un reto, pero creo que es posible hacerlo, aunque sea más fácil de la otra manera.
P. Sobre el tema de las mutaciones y el cáncer, James Watson, el codescubridor de la doble hélice, escribió hace unos años diciendo que la investigación se había obsesionado con la genética, pero que esta nunca sería la solución. ¿Está de acuerdo?
R. Bueno, yo asistí a muchas de sus presentaciones. Buscaba crear polémica, lo cual está bien porque hace pensar, pero a veces era demasiado extremo. Creo que no hay duda: el estudio del ADN y la medicina de precisión han mejorado la vida de millones de personas con cáncer, pero también es cierto que muchas veces no se llega a una cura por causa de otras mutaciones. Creo que cuando al principio se vio que funcionaba, todo el mundo se lanzó a ello, como luego sucedió con la inmunoterapia. Esa es una de las razones por las que los gobiernos deben financiar la ciencia, porque las compañías farmacéuticas buscan ayudar a los pacientes, pero al final quieren ganar dinero, y eso puede que no sea siempre el enfoque más abierto.
P. Además de haber tenido estudiantes y colaboradores españoles, en 2018 usted en el CNIO, el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas. ¿Qué opinión tiene de la ciencia en España?
R. Sí, y antes de eso ya formaba parte de su Consejo Científico Asesor, por lo que iba frecuentemente. Mi sensación es que hay científicos muy creativos, y me impresionó la calidad de los estudiantes de doctorado. En la primera década de los 2000, cuando también se creó el IRB, realmente pensaba que a nivel científico España iba a ser el lugar en el que estar en Europa. Había mucha inversión, pero luego se produjo la crisis financiera y, por ejemplo, en el caso del CNIO, nunca se recuperó del todo. Creo que se necesita mejorar la financiación, porque las estructuras de trabajo y la gente están.
P. ¿Y en Estados Unidos? ¿Qué repercusiones está teniendo el gobierno de Trump en la investigación?
R. La sensación ante todo es de incertidumbre. Las recomendaciones en un principio fueron que había que recortar un 40% de la financiación. Eso aún no ha pasado, [probablemente porque] mucha gente fue despedida de los Institutos de Salud y el proceso de revisar los proyectos se ha hecho muy lento. Ahora mismo es difícil hacer planes porque no sabemos si va a haber una reducción de los recursos, y normalmente, si no estás seguro, te vuelves más conservador y no gastas. Hay mucha preocupación.
Creo que en este momento no estamos tan orgullosos de la ciencia de Estados Unidos como lo estábamos antes. Por ejemplo, en mi laboratorio hemos tenido unos 50 estudiantes de Europa, pero ahora no estamos recibiendo solicitudes. Puede haber toda una generación que no venga. E incluso los estudiantes de Estados Unidos pueden preguntarse: ¿por qué querría yo empezar una carrera científica? Por otro lado, aunque es pronto para decirlo, creo que hay un movimiento prociencia; la situación ha hecho que mucha gente esté motivada para tratar de explicar su valor.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
