“Estaba en tercero de carrera y una amiga de la familia que sabía que estaba estudiando Restauración me preguntó si arreglaba peinas”, cuenta Lozano desde su taller, en el barrio de San Julián. Especialista en textiles, se puso a indagar movido por la curiosidad y, por su deformación profesional, abordó la materia “desde la perspectiva del arte contemporáneo”. “La mayoría de las peinas son de acetato, hablando en términos coloquiales, familia del plástico, y lo enfoqué desde este movimiento porque es la disciplina que utiliza este tipo de materiales”.
Lozano desmonta así el primer mito asociado con las peinas. “Es muy recurrente la señora que llega creyendo que su peina es de carey antigua y tienes que decirle que no. El carey es carísimo, es complicadísimo de obtener, con todas las restricciones que existen, así que las que son de este material son contadísimas”, explica. En el tiempo que lleva restaurando peinas, solo se ha encontrado con “unas seis” fabricadas a partir del caparazón de las tortugas marinas. “La mayoría son de acetatos”, puntualiza el restaurador, que apunta a los años treinta y cuarenta como el momento de la expansión de este compuesto, “cuando empieza a proliferar el uso popular de las mantillas”.
“La peina es algo muy personal”, recalca González. aconsejan cómo comprarla en función de la altura de quien se la vaya a poner, del tipo de mantilla que vaya a llevar o del color del pelo. “Si eres alta, recomendamos una peina con una teja más elevada y al contrario. La mantilla no interfiere, pero si es muy tupida, se prefiere que la peina sea más clarita; si es más transparente, proponemos una peina más trabajada; y también con el color de pelo, si eres morena, que sea un poquito más oscura, y si eres rubia, de tono más claro para que no corte con la línea de la cabeza...”, explica la experta.
En el momento de la colocación y de cara a su conservación, Lozano advierte contra la costumbre de echar mucha laca para que todo quede muy fijado. “Eso es terrorífico, tanto para el tejido de la mantilla como para el acetato de la peina, porque los compuestos químicos no se llevan nada bien con el material y la debilita, crea secreción de las resinas y eso daña su conservación e incrementa la complejidad de la intervención para recuperarla”, apunta.
Por eso es esencial su buen mantenimiento. “Jamás guardarla en una caja de zapatos o ponerle una gomilla, porque una vez que se cierra no vuelve jamás a su ser, porque se curva y se deforma”, explica González. Lozano también elabora cajas con hormas adaptadas a la curvatura de las tejas y con cartón con PH neutro “que evita o reduce la interacción con la acidez de los cartones normales”. En Foronda también aconsejan que se conserven en los moldes en los que ellos las entregan. “Si no tienes, recomendamos meterle por debajo papel de cera”, señala González.
Lozano reconoce que cuando empezó a estudiar Bellas Artes lo último que esperaba era restaurar elementos cotidianos como las peinas. “Siempre piensas en trabajar en el Prado, en las pinturas murales del Vaticano... pero me siento tremendamente afortunado de que llegase un día una mujer con la primera peina para que la tratara de restaurar”, dice. Además de la investigación y de lidiar con piezas artesanales, lo que más gratifica a este joven, y en lo que coincide con González, es en la satisfacción por “la recuperación de la dinámica cultural propia que es la y las peinas, que sigue manteniéndose tremendamente viva”. Y González enfatiza: “La mantilla y la peina son tremendamente favorecedoras”.
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